El lumpemburguismo, enfermedad de la sociedad capitalista

Según el marxismo primero, según Marx y Engels, el socialismo, la revolución obrera, era un momento ineludible en la historia mundial ya que la clase obrera cada vez se iría empobreciendo más hasta que la propia clase obrera se rebelara contra el sistema capitalista que les empobrecía enriqueciendo a una pequeña élite oligárquica. El pensamiento se fue completando a través del leninismo y la idea de la vanguardia obrera incitadora de la revolución, revolucionarios profesionales que podría decirse, al verse que esa revolución social no llegaba a pesar de la precaria situación de la clase obrera.

 

Con el paso de los años hemos podido asistir a cómo el socialismo caía allá donde se iniciaron los procesos revolucionarios. La caida de la RDA, un presidente ruso haciendole publicidad a una multinacional estadounidense[1], una China sin rumbo como el barco sin timonel que es, perdida en el más rancio revisionismo amigo del capitalismo, muestra de qué tenemos que evitar durante el proceso revolucionario. Únicamente Cuba y Corea del Norte se han mantenido como baluartes socialistas en el planeta, ampliándose el círculo a Venezuela y Bolivia actualmente para mayor gloria de la dignidad obrera no sólo en esos países sino en el resto de naciones mundiales, esperanzados ante el resurgir de una idea que parecía condenada a los libros de texto. Pero, a la vez, hemos visto y vivido en primerísima persona el auge y mantenimiento del capitalismo en Europa y Estados Unidos sin que la revolución social hayan dejado de ser un sueño en la mente de una minoría de la clase trabajadora más que una realidad factible debido principalmente al hecho minoritario, y fuertemente atomizado, del pensamiento revolucionario en estos estados autodenominados libres. Por lo que sólo cabe preguntarnos lo siguiente: ¿porqué un pensamiento que propugna la dignidad y liberación de la clase trabajadora no ha obtenido en los países capitalistas un apoyo suficiente para plantarle cara a la oligarquía?

 

Algo que hay que reconocerle al capitalismo es su inteligencia, disponen de todos los medios de un sistema creado a su medida para manipular la mentalidad colectiva y así autodefenderse de quienes pueden derrocar y quitarles su poder impuesto. De esta manera se han dedicado a no educar a la población, a crear masa cuanto más populosa mejor, un rebaño de personas tan orientable como una veleta. A través de los medios de comunicación y la enseñanza, han forjado el individualismo y el placer personal como pauta de comportamiento individual; y el consumo y, por consecuencia, la acumulación de bienes materiales como pauta de comportamiento social y símbolo de plenitud, dándose la ecuación de a mayor acumulación de bienes materiales -como muestra de una mayor acaparación de capital- mayor estatus social. Esta ecuación siempre ha sido innegable entre las capas más adineradas de la sociedad, pero en el último siglo hemos visto como este hecho se ha extendido a la clase obrera de los estados capitalistas debido al propio avance del capitalismo y la necesidad de éste de un proletariado con cierto poder adquisitivo para así poder darle salida a sus productos. De esta manera tenemos una nueva clase social, una especie de lumpenproletario pero que lejos de ser población marginal es precisamente no sólo la mayoría de la población sino una población acomodada.

 

Se podría decir que la marginalidad que el marxismo tachada al lumpemproletariado ha sido superada para abarcar a la inmensa mayoría de la población, siendo precisamente la consideración de proletariado como lo marginal, lo obrero tiene poca estimación social al considerarse propio de personas de escasa o nula formación académica que tienen que ganarse la vida en los puestos propios de personas a ese nivel de estudios. En esta línea cabe destacar, a modo de confirmación -si es que la afirmación realizada ofrece alguna duda- una encuesta realizada en el barrio de El Zaidín de la ciudad de Granada, esta encuesta venía a preguntar sobre la ubicación social en la que el encuestado se consideraba; pues bien, a pesar de ser El Zaidín un barrio obrero igual que cualquier otro barrio eminentemente obrero de cualquier estado industrializado, la apreciación de pertenecer a la clase obrera era mínima por no decir anecdótica siendo la opción de pertenecer a una clase media o media-alta la que más respuestas obtuvo. Dudar o negar que ese sería el resultado generalizado en cualquier barrio obrero de cualquier ciudad no sólo andaluza sino europea es no querer ver lo evidente.

 

Así nos encontramos con una nueva clase social, rizando el rizo del marximo: el lumpemburgués, que no es otra cosa que el trabajador que se tiene en una consideración mayor a la que le corresponde basándonse en que su poder adquisitivo le permite vivir holgadamente pero sin llegar ni a poder considerarse siquiera pequeñoburgués ya que la mayoría de la población sigue sin poseer los medios de producción y depende por completo de su trabajo para llegar a fin de mes. Esta es un estrato social que, sin serlo, asume posturas burguesas siendo, dentro de la burguesía, la rama marginal y de menor consideración de la misma, la que tiene que trabajar para otros para subsistir. Proletarios acomodados simpatizantes del señorito antes que defensores de sus propios intereses.

 

Al igual que el lumpemproletario, el lumpemburgués no ve motivo para la revolución e incluso puede mostrarse contrario a que se lleve a cabo ya que depende económicamente del sistema capitalista para subsistir; manifestándose este hecho en la irónica amistad que el trabajador establece con la empresa donde trabaja como necesidad de ésta de ganarse a sus trabajadores para su mejor rendimiento laboral. Estos lumpen no sólo no tienen conciencia de clase, al igual que el lumpemproletario, sino que de tenerla tienden a posturas pequeñoburguesas por esa vida acomodada que el sistema otorga no por deseo de una mejora del nivel de vida de la clase obrera sino debido a que a mayor poder adquisitivo mayor capacidad de consumo se consigue.

 

Sabiendo este hecho, de una población que no siente como propia la vida política y que tiende a declararse apolítica se comprende mejor la fuerte presencia tanto del absentismo electoral como del revisionismo y de posturas de izquierdas del sistema en los países capitalistas que no hacen sino desvirtuar la lucha revolucionaria llenándola de tópicos del sistema -a pesar de decir ir contra él- y haciéndola asumible a un sistema al que no se oponen frontalmente, tal y como se esperaría de una política revolucionaria. Sumando una política que desoye al pueblo, una supuesta vanguardia obrera más dedicada al disfraz que a la reivindicación y un pueblo que no sabe si son peor los políticos o los que protestan obtenemos un número en aumento de lumpemburguistas, únicamente dedicados a producir y consumir, no sólo ajenos al sistema que les conduce a esa conducta sino ajenos al concepto de clase y totalmente incrédulos a los beneficios que la revolución social les aportaría no sólo como personas sino como comunidad.

[1] Gorbachov a Pizza Hut: http://www.youtube.com/watch?v=C9lvzzH0STw

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