España: nación, estado y soberanía

En todo avance democrático existe una lucha en la que existen dos partes enfrentadas, cada uno con un sistema de sociedad diferentes: una sociedad humana contra una sociedad empresarial. Este hecho puede verse con facilidad en el concepto de ‘sociedad’ e agentes sociales que se desarrolla en todas las reformas educativas del Proceso de Bolonia. Frente a esa sociedad empresarial, la sociedad humana presenta una serie de valores concretos que se basan en la profundización a través de la práctica de la democracia en su sentido más estricto: un sistema de gobierno donde el pueblo ejerce la soberanía.

La soberanía popular es la base de la democracia en la sociedad humana, humanizada, donde cada pueblo es -o sería- dueño y señor de su casa. Y precisamente por ese hecho, la búsqueda de obtener la soberanía popular nos sirve como baremo a la hora de analizar tanto la lucha actual así como para establecer unos criterios mínimos para poder establecer la línea a seguir en esa lucha. Siendo como es el Estado el sujeto que ejerce la soberanía y siendo como es España un estado plurinacional, igualmente la lucha por la soberanía habla sobre cada elemento que entra en juego dentro de la lucha por una sociedad u otra y cómo apuesta por cada una de ellas. De esta manera, la lucha entre esos modelos de sociedad se marcan dentro de una lucha estatal entre la cuestión de defensa de un hecho nacional propio y la cuestión de defensa de una realidad estatal concreta. Utilizaremos esas dos luchas para explicar la realidad de la lucha en España y proponer una salida no intermedia sino viable para la que sea más coherente en cuanto a la lucha por una sociedad humana, al entender que es ésa la que merece la pena luchar por ella.

La nación y el estado

Empezamos por aquí para desmitificar una frase que ha sido totalmente descontextualizada dándole un sentido totalmente contrario al que tiene. Concretamente, es la frase de “los obreros no tienen patria”. Esa frase se encuadra en el siguiente párrafo del Manifiesto Comunista: “Se ha reprochado a los comunistas que querían abolir la patria, la nacionalidad. Los obreros no tienen patria. No es posible quitarles lo que no tienen. Puesto que el proletariado aún debe conquistar, en primer término, la hegemonía política, elevarse a clase nacional, constituirse a sí mismo en cuanto nación, aún es nacional, aunque en modo alguno en el sentido que le da la burguesía”.

Analizando ese párrafo, más que la interpretación para justificar un internacionalismo vacío de contenido, se observa que: la nación existe y que es un hecho político; como hecho político que es, toda clase social se erige como clase nacional y que la nación se identifica con la clase social que la sustenta; que la burguesía (o los defensores de la sociedad empresarial) se han colocado como clase nacional, pero que el proletariado (los defensores de la sociedad humana) tiene vocación de hacerlo, lo que nos demuestra que el hecho nacional cambia de sentido según quién asuma su ejercicio.

Pero, además de como hecho político, y apelando como apelamos a una sociedad humana más cercana a su realidad, las naciones como hechos políticos se organizan en cuanto al principio que a toda nación popular, a cada pueblo, le corresponde el derecho a tener un estado propio a través del que ejercer su soberanía. “Desde fines de la Edad Media, la historia trabaja en el sentido de constituir en Europa grandes Estados nacionales. Sólo Estados de ese tipo forman la organización política normal de la burguesía europea en el poder y ofrecen a la vez, la condición indispensable para el establecimiento de la colaboración internacional armoniosa entre los pueblos, sin la cual es imposible el poder del proletariado. Para asegurar la paz internacional, es preciso primero eliminar todos los roces nacionales evitables, es preciso que cada pueblo sea independiente y señor en su casa.[1]” Con la salvedad que, desde fines de la Edad Media, es la burguesía la clase que se ha colocado como clase nacional en función de sus intereses a la hora de defensor su modelo de sociedad empresarial. Pero, al crearse estados a través del criterio de la sociedad empresarial, se crearon estados allí donde a esa clase social le interesaba la creación de un estado como estructura de un mercado propio a través del que obtener mayores beneficios, nunca buscando una sociedad humana donde cada pueblo fuera soberano, aunque en principio se coincidiera en el hecho de pretender un estado propio. Este hecho es importante tenerlo en consideración a la hora de hablar sobre España, donde el estado se mantuvo intacto en lugar de acercarse a estados-nación basados en el hecho social a pesar que en la Sociedad de Naciones participaran nacionalidades como Andalucía, Galicia, País Vasco o Cataluña. Que sus reivindicaciones fueran ignoradas por estímulo español -y británico en el caso andaluz al pedir la devolución de Gibraltar como parte inherente del pueblo andaluz- nos sirven para poder ver la línea que se siguió en la creación, o no, de nuevos estados y de cuáles eran, y son, los intereses principales de los defensores de la sociedad empresarial en este estado.

La cuestión nacional

Hablar sobre la manera en la que se ha afrontado la cuestión nacional a lo largo de la evolución hacia sociedades más humanas extendería demasiado este texto -que ya de por sí es muy extenso y que en estas líneas únicamente se resume los hechos que se mencionan-, por lo que nos centraremos en cómo se ha planteado esta cuestión en el Estado español en líneas generales.

En España se dan dos modelos de sociedad en lucha: la sociedad empresarial, representada por la pervivencia del estado en las fronteras actuales, y la sociedad humana, representada por la lucha de los pueblos que estando dentro del estado pretenden estados propios. Afortunadamente, las terceras vías entre una y otra sociedad cada día son más abismales y tan sólo perviven en la verborrea superrevolucionaria de ciertos sectores autodenominados de izquierdas.

Resulta curioso ver cómo precisamente ha sido la izquierda española una de las defensoras de la sociedad empresarial a través de un discurso obrerista y repitiendo discursos de otros países. El siglo XX español vio cómo un sindicalista, Largo Caballero, pasaba de pactar con un dictador fascista, Primo de Rivera, a convertirse en “el Lenin español”[2] mientras que sectores socialistas, incluso dentro de sectores moderados, optaban abiertamente por la ruptura de “la vieja España” apelando a una regeneración de sus nacionalidades creando una federación ibérica donde esas realidades fueran soberanas: “Nos hemos dado cuenta de la verdad de las nacionalidades, y hemos proclamado la necesidad de vivificarlas y de liberarlas, para que laboren por sí en la gran obra de la creación humana progresiva[3]”. Los conceptos de España y “las Españas” mostraba las diferencias entre uno y otro modelo social, tal y como ocurre actualmente con la salvedad que los principios que se enmarcaban dentro de “las Españas” no pueden ser utilizadas bajo ese concepto por la tergiversación de ese término por la pseudo-izquierda española para reorientarla hacia una España vestida de progresismo o revolución -dependiendo de qué elemento español realice el discurso. En cambio, la práctica de “las Españas” la realizan en exclusiva los sectores nacionalistas revolucionarios de los pueblos del Estado siendo los únicos que reclaman y ponen en práctica otro modelo social donde la soberanía popular es el eje principal de su discurso y de su práctica.

La sociedad mercantil ilegaliza todo proyecto de sociedad humana para protegerse de esa amenaza. El problema de la izquierda abertzale no es que sea el entramado político, social, deportivo, ecologista, feminista… de ETA. Ésa es sólo su excusa para poder enmarcar la lucha por una sociedad humana dentro de su “todo es ETA”. La lucha por una sociedad humana en Andalucía, Castilla, en los Países Catalanes, Galicia… ha sido vinculada al entorno de la organización armada gratuitamente, desde su lucha juvenil[4] a sus luchas políticas o sindicales[5].

Pero no toda lucha nacional es revolucionaria de por sí. Como se decía más arriba, la nación se identifica con quien la ostenta, y el sentimiento nacional igualmente puede desviarse hacia una satisfacción aparente de manera que sus reivindicaciones queden encuadradas y neutralizadas dentro de la sociedad empresarial. Este hecho es de vital importancia en todo estado plurinacional que pretenda curarse en salud de las reivindicaciones nacionales, principal elemento aglutinador hacia la reclamación de una sociedad humana. De esta manera la lucha nacional también defiende la existencia del estado sin contradecirlo sino reforzándolo.

La cuestión estatal

Este aspecto es de vital importancia desde el momento en que la soberanía de los pueblos está depositada en el estado y él es el sujeto que la desarrolla, pero la ruptura definitiva con “las Españas” y la influencia de la lucha nacional popular desde el punto de vista anticolonial ha hecho que se copie luchas de otros lugares, olvidando la necesidad de abordar las paredes del Estado al considerar la lucha nacional como una lucha exclusiva del pueblo a liberarse, aplicando prácticas válidas en otros sitios pero que se está demostrando lo erróneo de su planteamiento por estas latitudes. Y aunque este hecho ahora se ve como equivocado también podemos observar cómo la situación en España está en una dicotomía lógica y, al contrario que en otros estados europeos, la cuestión nacional y la lucha por la soberanía sirve para distinguir entre defensores de un sistema social u otro.

Dentro del nacionalismo empresarial es evidente cómo se defiende el estado y los parámetros que el estado establece. PA, BNG, CC, CiU, PNV, … dicen apelar al sentimiento nacional siendo conscientes que tan sólo puede usarlo como presión para sus pretensiones partidistas. De hecho, PP y PSOE llevan desde hace tiempo -apenas un año en el PP- una política de apropiación de ese hecho identitario para aprovecharse de él allá donde puedan hacerlo. Que sólo CiU se mantenga fuerte a esos ataques no es más que por el tradicional sistema financiero catalán del Principat, consolidado tanto económicamente como en su regionalismo catalán[6].

Curiosamente es entre la izquierda estatalista donde se encuentra el confusionismo entre una sociedad y otra. Presuponiéndoles un modelo de sociedad humana, defienden una sociedad empresarial con avances de carácter social. Ellos mataron “las Españas” y utilizan su cadáver para defender a España. Sobre el papel realizan varias conferencias, ciclos, charlas, redacciones… hablando de autodeterminación, de librar de la opresión entre pueblos,… pero la puesta práctica establece qué son palabras escritas para quedar bien y cuáles son fruto de la convicción. Ante esto, y considerándose revolucionarios quien pecan en este sentido, recordemos este párrafo del informe de la comisión sobre los problemas nacional y colonial del II Congreso de la Internacional Comunista: “Los partidos de la II Internacional prometieron actuar de manera revolucionaria, pero en los partidos de la II Internacional, y supongo [Lenin] que también en la mayoría de los partidos que la han abandonado y desean ingresar en la III Internacional, no vemos un trabajo revolucionario efectivo y una ayuda a los pueblos explotados y dependientes en sus insurrecciones contra las naciones opresoras. Debemos afirmar esto a toda voz, y no puede ser refutado. Veremos si se intenta negarlo”[7]. No entra en su proyecto un cambio de sociedad, a lo sumo cambios en la sociedad empresarial. Otro capitalismo es imposible, dicen, así que esta sociedad ha de ser anticapitalista, como si lo único que fallara fuera la relación económica. Sobre la cuestión de la soberanía son un mero eco de la sociedad que defienden: si hay intereses mercantiles en la defensa de la nación, la defienden en segundo plano; si los intereses mercantiles van hacia el centralismo estatal apelan a que la población no pide la reivindicación nacional. Sobre este hecho, a los lectores que se sientan aludidos, recordaré el texto que precede inmediatamente al fragmento que acabo de recordar: “El camarada Quelch, del Partido Socialista Británico, se ha referido a esto [la importancia del trabajo revolucionario de los partidos comunistas no sólo en sus respectivos países, sino también en los países coloniales] en nuestra Comisión. Ha dicho que el simple obrero inglés consideraría una traición ayudar a los pueblos subyugados en sus insurrecciones contra el dominio inglés. Es cierto que la aristocracia obrera de Inglaterra y Norteamérica, con su mentalidad jingoista y chovinista, representa el mayor peligro para el socialismo y constituye el más fuerte punto de apoyo de la II Internacional”[8].

Esta corriente que se dice pertenecer a la izquierda anticapitalista debería reflexionar y comprender a quiénes están defendiendo con su postura, especialmente cuando no son criminalizados, ni hacen referencia -por no decir condena- a esa criminalización. Al fin y al cabo, la solidaridad sólo puede darse entre compañeros de lucha por una sociedad humana, a ellos les es imposible actuar así.

Sobre la lucha concreta en España

Tenemos que ser conscientes de varios hechos a la hora de plantear una estrategia para llegar a plantear y competir por una sociedad humana donde la soberanía popular sea un hecho. El primero de ellos es que la sociedad empresarial no es una opción, ni sus formas de mantenimiento, especialmente en sus formas que se definen como de izquierdas. El estado español es el objetivo a derribar, no por un sentimiento antiespañol sino porque es la base de un sistema social antidemocrático e injusto con las personas que viven en él. Desde el siglo XIX se han ido buscando distintas formas para obtener la soberanía popular y siempre se ha encontrado la oposición frontal de España. La posibilidad de “otra España” es imposible, España y sus elementos de supervivencia se han encargado de ello, no hay una “tercera vía” posible. Reconozcamos cuál es nuestro enemigo y asumamos un plan para superarlo.

Siendo el estado español el que posee la soberanía que nosotros pretendemos, y recordando la frase destacada del Manifiesto Comunista, nuestra misión es obtener la hegemonía política. La cuestión está en cómo plantear el asalto al gobierno central y no caer en el estatalismo.

Siempre teniendo en consideración lo perjudicial que resulta el copiar modelos de otros lugares y momentos, existen varios ejemplos que pueden servirnos para visualizar el cómo pasar de un sistema de gobierno plurinacional que no reconoce las soberanías populares a las repúblicas basadas en ellas, lo que pasara hasta llegar a esa situación y la política a seguir después es imposible predecirla y además sería adelantar acontecimientos.

La lucha en España por una sociedad humana es la lucha por un cambio de soberanía estatal a una soberanía popular, y ahí no hay que tener remilgos ni ofuscarse en abstracciones o cambios semánticos para no hacerlo. De ahí que la diferencia elemental, y más vistosa, sobre si un colectivo social lucha o apuesta por un cambio de sociedad en lugar de rellenar los espacios de la sociedad empresarial es precisamente si lucha o apuesta por un cambio hacia una soberanía popular, y eso en España consiste en luchar y apostar por lo que antes se consideraba “las Españas” y que hoy supone la creación de repúblicas democráticas propias de los distintos pueblos que se encuentran en el estado. De esta manera, son los colectivos nacionalistas-soberanistas de izquierda los que se demuestran como auténticos agentes del cambio, y los pueblos de su lucha como los sujetos del cambio, sujetos revolucionarios. Son los nacionalistas desde el momento en que la lucha soberanistas que encabezan la que pretende que el pueblo se erija como estado, como nación política.

Así que lo que hay que concretar es la manera en que los colectivos nacionalistas, soberanistas, populares afrontan la lucha para hacerse con el estado y qué relación tienen con los distintos marcos que se encuentran o se puede utilizar cara a conseguir ese objetivo. Igualmente hay que encontrar cómo se recorre el camino hasta llegar al cambio de la sociedad y cómo se relaciona con fuerzas que, aunque no pretendan -aunque se esfuercen en decir que sí- el cambio social, con las que se puedan tener ciertos puntos de convergencia. Estos aspectos implicarían un análisis no ya de los términos “nación”, “estado” y cómo se combinan sino uno concreto sobre cómo se concretan y podrían materializar en España teniendo en consideración la realidad actual del estado y sus fuerzas por un lado y la de los pueblos y sus fuerzas por otro. Sería extendernos en demasía, así que lo más sensato es dejar esta cuestión por ahora, que se pueda recapacitar sobre lo que se ha dicho en este texto y continuar en otro texto diferente.

Sevilla, Andalucía
3 de Enero de 2009

[1] “El papel de la violencia en la historia”, Obras Escogidas. Friedrich Engels.

[2] La república española y la Guerra Civil; Gabriel Jackson.

[3] “La oportunidad práctica del nacionalismo”; Blas Infante en Andalucía, teoría y fundamento político.

[4] En ElMundo.es el 27 de febrero de 2008.

[5] En Interviu.es el 18 de febrero de 2008.

[6] Este aspecto puede observarse en varias declaraciones y hechos: en Andalucía, PP y PSOE-A pugnan por colocarse como legítimos defensores del andalucismo (Diario de Cádiz, 9 de enero de 2008); en Galicia, el PSdeG habla abiertamente de país (en varias entrevistas televisadas y noticias publicadas –El Correo Gallego el 18 de diciembre de 2008- y el PP dice defender su doble nacionalidad –El Mundo el 26 de julio de 2006; en Euskadi y el Principat, el PSE/PSC recorta distancias ante el PNV y ERC (Resultados elecciones 2008).

[7] “Informe de la Comisión sobre los problemas nacional y colonial”, Lenin. De la colección Tres artículos de Lenin sobre los problemas nacional y colonial.

[8] Íbidem.

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